Las dos guerras culturales de Europa
George Weigel,
(fue autor de una amplia,
documentada y muy leída biografía
del Papa Juan Pablo II y en este
artículo muestra lucidez en su
analisis, y conocer bien lo que está
pasando en Europa; a la vez, los
europeos que lean este artículo
podrán conocer cual es la impresión
que damos los europeos a los
estadounidenses, que no nos
entienden para nada)
1. ¿Por qué los europeos están
empeñados en arruinarse?
En plena hora pico de la mañana del
11 de marzo de 2004, trece mochilas
cargadas con bombas explotaron
dentro y alrededor de cuatro
estaciones de tren en Madrid. Casi
doscientos españoles murieron y hubo
unos dos mil heridos. Al día
siguiente, España parecía mantenerse
firme ante el terror con
demostraciones a lo largo y ancho de
su geografía con pancartas que
denunciaban a los “asesinos”. Pero
la actitud duró poco. Setenta y dos
horas después de que las bombas
hubieran despedazado a cientos de
personas en cuatro trenes “de
cercanías”, el gobierno español de
José María Aznar, un fiel aliado de
los Estados Unidos y Gran Bretaña en
Irak, perdió rotundamente las
elecciones ante una oposición
socialista que había intentado,
desde hacía tiempo, convertir en un
referéndum el papel de España en la
lucha contra el terrorismo.
Evidentemente, era lo que pretendía
Al-Qaeda al poner las bombas. Un
documento de cincuenta y cuatro
páginas que apareció tres meses
después, especulaba con que el
gobierno de Aznar no podría
“soportar más de dos o tres ataques
sin tener que abandonar [Irak] bajo
la presión de su gente”. La realidad
fue que con un solo acto terrorista
hubo “tarjeta roja y fuera”: las
tropas españolas en Irak fueron
retiradas al poco tiempo, según la
promesa del recién elegido
presidente de gobierno, José Luis
Rodríguez Zapatero, al día siguiente
de que los votantes españoles
optaran por el pacifismo.
Este mismo año, cinco días antes del
segundo aniversario de las bombas en
Madrid, el gobierno Zapatero, que ya
había legalizado el matrimonio entre
parejas del mismo sexo (y la
adopción de niños por parte de
ellas) y que estaba en plena campaña
para restringir la educación
religiosa en los colegios, anunció
que las palabras “padre” y “madre”
no volverían a aparecer en los
certificados de nacimiento
españoles. Según el Boletín Oficial
del Estado, “la expresión ‘padre’
sería reemplazada con ‘Progenitor A’
y ‘madre’ sería reemplazada por
‘Progenitor B.’” Como explicó el
director general del Registro Civil
al diario ABC de Madrid, a
partir de ahora sólo se producirán
certificados de nacimiento españoles
en línea con la legislación actual
sobre matrimonio y adopción. De
manera más certera, el comentarista
irlandés David Quinn vio en la nueva
regulación “la retirada del
reconocimiento del Estado sobre el
papel de la madre y el padre y la
supresión de la fisiología y la
naturaleza” 1.
A primera vista, las bombas de
Madrid y la nueva terminología de
“Progenitor A” y “Progenitor B”
podrían parecer estar conectadas
sólo por las generalidades de la
política electoral: las bombas y la
opinión pública –cada vez más
contraria a un gobierno
conservador–, llevaron a instaurar a
un presidente de gobierno de
izquierda, que comenzó a decretar
muchas de las cosas que varios
gobiernos democráticos de España
habían intentado hacer en el pasado
y socialmente habían sido
rechazadas. La realidad es que el
nexo es más complejo.
Los acontecimientos de los últimos
dos años en España son consecuencia
de dos guerras culturales
interrelacionadas que afectan a la
Europa Occidental de hoy.
2. ¿Qué son esas dos Guerras
subversivas?
La primera de estas guerras
–siguiendo con el ejemplo de los
certificados de nacimiento
españoles, llamémosla “Guerra
Cultural A”–
es una versión más extrema que la
división que existe entre Demócratas
y Republicanos en los Estados
Unidos:
una guerra entre las fuerzas
postmodernas del relativismo moral
y, por otro lado, las que defienden
la postura moral tradicional.
La segunda
–“Guerra
Cultural B”–
es la lucha por definir la
naturaleza de la sociedad civil, el
significado de la tolerancia y del
pluralismo y los límites de un
multiculturalismo en una Europa que
envejece y cuyas tasas de natalidad
no son suficientes para reemplazar a
la población, y que, en
consecuencia, ha abierto la puerta a
una población musulmana en marcado
crecimiento y demandante de derechos.
Los agresores en la Guerra Cultural
A
son: secularistas radicales,
motivados por lo que el académico
jurista Joseph Weiler ha denominado
“Cristofobia” 2. Su objetivo
es eliminar cualquier vestigio
cultural de la Europa
judeo-cristiana de una Unión Europea
(UE) post-cristiana demandando el
matrimonio entre personas del mismo
sexo en nombre de la igualdad,
restringiendo la libertad de
expresión en nombre del civismo y
eliminando aspectos esenciales de la
libertad religiosa en nombre de la
tolerancia.
Los agresores de la Guerra Cultural
B
son musulmanes radicales, miembros
de la yihad que detestan a Occidente
y están decididos a imponer tabúes
islámicos a las sociedades
occidentales a través de la protesta
violenta y otras formas de coacción
si fuera necesario. Además, ven
estos hechos como el primer paso
para la islamización de Europa –o,
como ellos con frecuencia hacen
referencia–, al al-Andalus, es
decir, la restauración del orden
propio de la situación, en su tiempo
establecida por Isabel y Fernando en
1492.
La pregunta a la que el Viejo
Continente ha de enfrentarse,
pero que gran parte de Europa
parece querer evitar, es si los
agresores en la Guerra Cultural
A no han conseguido que sea
excepcionalmente difícil que las
fuerzas verdaderamente
tolerantes y la auténtica
sociedad civil prevalezca en la
Guerra Cultural B.
La caída de Europa occidental en la
languidez de la “despolitización”,
como algunos analistas la han
denominado, pareció ser en su
momento un asunto para la política
del estado de derecho, para
economistas socialistas, para la
política de importación y
exportación proteccionista –con un
sabor irritante de reglamentación de
la UE que pretende controlar todo,
desde la circunferencia de los
tomates hasta el cuidado y la
alimentación de los cerdos de
Cerdeña–. Y sin duda no ha habido
ninguna relajación de lo que
parecería ser la determinación de la
UE de atenerse cada vez más y con
mayor fuerza a las normas de la
reglamentación burocrática.
Observemos simplemente cómo los
turistas que visitaron Polonia tras
su acceso a la UE, no podían evitar
darse cuenta de que cada huevo que
se vendía en cualquier tienda de
Polonia ahora tenía un código
multidigital de la UE, y que cada
oveja polaca tenía una placa de
identificación en una de sus orejas.
Además, está lo que los
estadounidenses llaman la
reglamentación de “big brother” en
el ámbito del trabajo. El año
pasado, gracias al “Capítulo Sexto
de la Directiva sobre trabajos
realizados en altura” de la UE, los
electricistas del pueblo inglés de
Eccles en Suffolk, tenían prohibido
usar escaleras para cambiar cinco
bombillas en el techo de la iglesia
de St. Benet. Tuvieron que construir
un andamio inmenso y el costo de dos
días de trabajo significó alrededor
de cuatrocientos euros por lámpara.
¿Qué tiene esto que ver con la
Guerra Cultural A? El hecho cierto
es que esta pasión europea por la
regulación continúa teniendo
consecuencias deletéreas; y también
han sido extremas y son ahora más
duras, especialmente en lo referente
a la religión. En octubre, del año
pasado, por ejemplo, los custodios
de la probidad ortográfica
decretaron que, a partir de agosto
de 2006, “Cristo” se escribiría con
minúscula mientras que “Judíos” se
escribiría con mayúscula cuando
hiciera referencia a la nacionalidad
y con minúscula cuando hiciera
referencia a la religión. A
principios de este año, en Escocia,
un profesor de matemáticas ateo ganó
un caso de antidiscriminación en los
tribunales de justicia, al afirmar
que su solicitud de empleo para un
“puesto de carácter pastoral” en un
colegio católico, había sido
rechazado sobre la base de que el
colegio reservaba este puesto para
católicos.
En parte, la Guerra Cultural A
representa el esfuerzo determinado
por parte de los secularistas
–usando la maquinaria reguladora de
la UE– para marginalizar la
presencia pública y el impacto del
número decreciente de cristianos
practicantes. Esto también se
relaciona con preguntas cruciales
sobre el principio y el fin de la
vida, planteadas de manera especial
en los Países Bajos. Desde hace
tiempo, Holanda disfruta de la
reputación de libertinaje legalizado
gracias a la droga y a la
prostitución. Lidera en Europa el
camino hacia la eutanasia y el
matrimonio entre personas del mismo
sexo. Ahora, los belgas parecen
empeñados en no quedarse atrás.
Además de imitar a sus vecinos
holandeses en lo referente al
matrimonio entre personas del mismo
sexo y la eutanasia –la mitad de las
muertes infantiles en Flandes entre
1999 y 2000 fueron por eutanasia–,
la coalición socialista-liberal que
gobierna el país permite la
procreación alquilando úteros 3.
Como comentó el filósofo y ex
ministro italiano Rocco Buttiglione
“en otros tiempos citábamos a Karl
Marx cuando protestábamos contra la
‘alienación’, la ‘objetivación’ y la
‘comercialización’ de la vida
humana. ¿Es posible que hoy la
izquierda esté escribiendo en sus
pancartas precisamente el derecho de
comercializar con seres humanos?”. Y
todo esto ¿en nombre de la
tolerancia y de la igualdad?
La Guerra Cultural A:
se establece para coaccionar e
imponer comportamientos
supuestamente progresistas,
tolerantes, multiculturales, o
políticamente correctos en
términos del feminismo extremo.
En los últimos años, esto ha
llevado a los Estados miembros
de la UE a reglamentar
legalmente, y por tanto a
reducir, la libertad de
expresión. Cualquier comentario
crítico desde el punto de vista
moral sobre comportamientos
homosexuales, por ejemplo, se
considera como “expresión de
odio” y un parlamentario francés
fue multado por decir que la
heterosexualidad es moralmente
superior a la homosexualidad.
En el ámbito transnacional, la
presión por parte de la UE hizo caer
últimamente la coalición gobernante
en uno de sus miembros más
recientes: Eslovaquia. El tema en
cuestión era un concordato con el
Vaticano por el que Eslovaquia
respetaría las decisiones de los
médicos que, por razones de
convicción moral, decidieran no
practicar abortos. Esta provisión
fue duramente atacada por el Grupo
de Expertos Independientes sobre
Derechos Humanos Fundamentales,
que mantenía que el derecho a
abortar un niño es un derecho humano
internacional y que, por tanto,
a los profesionales de la medicina
no les estaba permitido negarse a
tales actos. El debate que se siguió
en Bratislava sobre los riesgos de
ofender a los mandarines de los
derechos humanos de Bruselas y
Estrasburgo, desestabilizó el
gobierno hasta tal punto, que el
primer ministro eslovaco tuvo que
disolver el parlamento y convocar a
elecciones generales.
Este autoritarismo que se va
implantando también resulta evidente
en la resolución del Parlamento
Europeo que condenaba como
“homofóbicos” a los Estados que no
reconocieran el matrimonio entre
personas del mismo sexo y hacían
referencia a la libertad religiosa
como una “fuente de discriminación”.
Durante el debate sobre esa
resolución, un eurodiputado
británico, examinando las leyes
tradicionales sobre el matrimonio
como una “ruptura de los derechos de
personas homosexuales y lesbianas”,
planteó la posibilidad de suspender
como miembros de la UE a los países
disidentes, como Polonia y Lituania.
También Polonia había sido amenazada
con la suspensión de su derecho de
voto en reuniones ministeriales de
la UE, en el caso de que volvieran a
restituir la pena de muerte.
Independientemente de lo que se
pueda decir de estos acontecimientos
que Europa vive en este momento de
su historia –metida de lleno en
conflictos agresivos sobre el
dictado de la corrección política–,
tiene que resultar, incluso para el
observador más afín, como una
distracción acerca del hecho más
dramático de este continente a
principios del siglo XXI: Europa
está consumando su suicidio
demográfico, y lo está haciendo
desde hace tiempo.
A finales del siglo XX algunos
extremistas ambientales predecían
con firmeza que a medida que se
agotaran varios recursos naturales
–oro, zinc, hojalata, mercurio,
petróleo, bronce, plomo, gas
natural, entre otros– el mundo
sucumbiría ante la “sobrepoblación”
masiva. A principios del siglo XXI
el mundo está repleto de recursos
naturales. Pero Europa se está
quedando sin el recurso natural
crucial por excelencia: las
personas.
La fotografía es escalofriante. Ni
un solo miembro de la UE tiene una
tasa de natalidad que asegure el
reemplazo de su población –2,1 niños
por mujer necesarios para mantener
la población–. Por si esto fuera
poco, once países de la UE
–incluidos Alemania, Austria,
Italia, Hungría y los tres estados
Bálticos– muestran “incrementos
naturales negativos” (más muertes
anuales que nacimientos) un claro
descenso en la espiral de muerte
demográfica.
Estas cifras son llamativas cuando
se analizan de modo más concreto. Lo
demoníaco está en los detalles, lo
cual se puede ver gráficamente
cuando un continente como el europeo
que en estos momentos es más sano,
próspero y más seguro que en
cualquier otro momento de su
historia, opta por desentenderse del
futuro humano en su sentido más
elemental. Por ello, salvo que se
produzca un cambio drástico, los
mismos belgas que adoptan formas
cada vez más avanzadas de
“corrección política”, verán caer su
población de siete millones en el
2020 a cuatro millones y medio a
mediados de siglo. Los españoles,
cuyo gobierno está atareado en el
desmantelamiento de la vida social y
cultural tradicional, podrán ver su
población recortada en un 25% para
el 2050.
En Alemania, ni la campaña electoral
del año pasado, ni el recientemente
instaurado gobierno de Angela
Merkel, se han centrado en la
preocupante tensión creada por el
sistema social de pensiones y de
salud, donde el número de
trabajadores que paga impuestos
tendrá que mantener a un grupo
creciente de personas retiradas.
Además, y según las expectativas
demográficas, Alemania muy
probablemente perderá el equivalente
a la población total de la ex
Alemania del Este a mediados de
siglo. Si bien el presidente Horst
Köhler ha hecho campaña pública para
incrementar la tasa de fertilidad,
que ahora es de 1,39, una encuesta
reciente muestra que el 25% de los
alemanes y el 20% de las alemanas en
la década de sus veinte años no
tienen planificado tener hijos y no
ven que haya ningún problema con esa
opción.
Y luego viene Italia, cuyas familias
numerosas han tejido una leyenda en
la imaginación del mundo desde hace
tiempo. La realidad de la situación
es claramente distinta: si las
tendencias actuales continúan, para
el año 2050 casi el 60% de los
italianos no conocerán por
experiencia propia, lo que es un
hermano, una hermana, una tía, un
tío o un primo. Pero esto quizá no
es sorprendente en un país donde el
promedio de edad de un hombre cuando
nace su primer hijo es de treinta y
tres años, y el número de los
italianos que superan los sesenta y
cinco años excede considerablemente
a los menores de quince. (Alemania,
España, Portugal y Grecia también
tienen más gente mayor de sesenta y
cinco que menor de quince). El
derretimiento demográfico no se
limita a la “vieja Europa”; para el
2050 se prevé que la población de
Bulgaria se reducirá un 36% y la de
Estonia un 52%.
En el siguiente cuarto de siglo, el
número de trabajadores de Europa se
reducirá un 7% mientras que el de
los mayores de sesenta y cinco años
se incrementará en un 50%. Estas
tendencias crearán dificultades
fiscales intolerables para el estado
de bienestar en todo el continente.
Las tensiones intergeneracionales
ejercerán gran presión en las
políticas nacionales y dichas
presiones podrían poner de espaldas,
de muy diversas formas, el proyecto
de “Europa” tal y como lo avizoró en
los ‘50 la Comunidad Europea del
Carbón y el Acero, el precursor
institucional de la UE. La
demografía es futuro y las
demografías en declive de Europa
–que no tienen paralelo en la
historia humana salvo por guerras,
pestes y catástrofes naturales– lo
que están consiguiendo son problemas
enormes e inevitables.
3. La decadencia europea.
De manera un tanto ominosa, la caída
libre demográfica de Europa es parte
de la relación entre la Guerra
Cultural A y la Guerra Cultural B.
La historia aborrece vacíos y el
vacío demográfico creado por la
autodestrucción producida por la
baja de fertilidad ha sido ocupado,
desde hace varias generaciones,
por la inmigración a gran escala del
mundo islámico.
Están a la vista los efectos más
obvios de esa inmigración en el
paisaje urbano, cada vez más
segregado, donde una periferia
suburbana típicamente pobre, rodea
al núcleo europeo más rico.
En las áreas metropolitanas europeas
es mucho más que la apariencia
física lo que ha cambiado. Hay
docenas de áreas “ingobernables” en
Francia:
suburbios dominados por musulmanes
donde la ley francesa no se aplica y
donde la policía no entra. En
Francia y en otros países europeos
existen enclaves territoriales
similares donde la ley “shari’a” es
la que aplican los clérigos
musulmanes. Más aún, como señala
Bruce Bawer en su nuevo libro
Mientras Europa dormía 4
las autoridades europeas soslayan
las prácticas realizadas por sus
poblaciones musulmanas que van desde
la crueldad física (circuncisión
femenina) hasta la crueldad moral
(matrimonios arreglados o forzados),
y que crean disrupción social
(mandando niños musulmanes a
colegios radicales: madrassas en el
Medio Oriente, el Norte de África y
Pakistán para su educación primaria
y secundaria), e ilegal (asesinatos
“de honor” en casos de adulterio y
violación, donde se mata a la
víctima violada).
No es casual que los gobiernos
europeos no quieran mirar estos
hechos. Los sistemas de bienestar
social europeos apoyan generosamente
a los inmigrantes, muchas veces
denigran a los países que los
aceptan o se vuelven violentamente
contra ellos: el caso más notable es
el de las bombas en el subte y
autobuses de Londres del pasado 7 de
julio de 2005. Como Melanie Phillips
relata en Londonistan 5,
los que pusieron las bombas eran
“chicos británicos, el producto de
colegios y universidades británicas
y el estado de bienestar británico,
[los cuales] repudiaron, no sólo los
valores británicos, sino los códigos
elementales de la humanidad. Tampoco
eran tipos raros y solitarios. Lo
que los hizo ir al subte con sus
mochilas y morir y matar a sus
compatriotas británicos, es una
ideología que se ha aferrado como un
cáncer no sólo en las madrassas de
Pakistán sino en las calles de Leeds
y Bradford, Oldham y Leicester,
Glasgow y Luton”.
Gracias a la liberalidad de la ley
penal europea, los terroristas
musulmanes sediciosos son tratados a
menudo con modales que evocan el
mundo de la Reina Roja de Alicia en
el País de las Maravillas donde la
gente cree “cosas imposibles antes
del desayuno”. De ahí el caso de
Muhammad Bouyeri, el
holandés-marroquí que asesinó al
director de cine Theo van Gogh en
2004 en una calle de Amsterdam
clavándole un cuchillo de cocina en
el pecho como una fatua personal.
Este hombre mantiene su derecho a
votar y podría, si quisiera,
presentarse a las elecciones del
parlamento holandés. Mientras tanto,
por lo menos dos parlamentarios
holandeses, que han sido críticos
del islamismo extremista, han sido
forzados por amenazas islámicas a
vivir en cárceles o cuarteles del
ejército bajo la guardia militar o
policial.
A sesenta años del fin de la Segunda
Guerra Mundial, el instinto europeo
de pacificación está vivo y
coleando. Las piscinas públicas
francesas han sido divididas por
sexos gracias a las protestas de los
musulmanes. Las tazas con el famoso
“Piglet” (cerdito) han desaparecido
de las tiendas de determinados
vendedores británicos tras las
protestas de musulmanes ya que el
dibujo de A.A. Milne hería la
sensibilidad islámica. Lo mismo ha
ocurrido con los helados de
chocolate con forma de remolino de
Burger King, que para algunos
recordaba el tipo de escritura que
aparece en el Corán. Bawer nos dice
que la Cruz Roja británica eliminó
los árboles de navidad y los
pesebres de sus tiendas por miedo a
ofender a los musulmanes. Por
razones similares, a resultas del
asesinato de Van Gogh, la policía
holandesa destruyó parte de una obra
de arte de una de las calles de
Rotterdam que proclamaba “No
matarás”. A los colegiales les fue
prohibido llevar banderas holandesas
en sus mochilas porque a los
inmigrantes les podría parecer un
signo “provocativo”.
La prensa y la televisión europeas
se autocensuran frecuentemente en
materias relacionadas con el
radicalismo islámico y los crímenes
cometidos por musulmanes que se
suceden en los diferentes países
europeos. Con raras excepciones se
da una cobertura equilibrada en los
medios de prensa y televisivos
norteamericanos sobre la guerra
contra el terrorismo. Cuando estos
problemas “domésticos” salen a la
luz, la reacción típica europea,
según Bawer, es autocrítica. En
Malmö, la tercera ciudad de Suecia
por tamaño, las violaciones, robos,
quemas de colegios, asesinatos de
“honor” y agitación antisemita se
fue tanto de las manos que un grupo
significativo de suecos se trasladó
a otras localidades del país. El
gobierno culpó de los problemas de
Malmö a los racistas suecos y
también a aquellos que habían
entendido la integración “en dos
categorías ordenadas
jerárquicamente, un ‘nosotros’ que
integraremos y un ‘ellos’ que serán
integrados”.
Por su parte, Bélgica ha establecido
un Centro gubernamental para la
Igualdad de Oportunidades y
Oposición al Racismo (CIOOR) que
recientemente llevó a los tribunales
de justicia a un fabricante de
puertas de seguridad para garajes,
cuyos empleados marroquíes sólo
trabajaban en la fábrica y no salían
a instalarlas a las casas belgas.
Por su parte, y según el periodista
belga Paul Belien, cuya publicación
The Brussels Journal
(www.brusselsjournal.com) es una
fuente importante sobre las guerras
culturales en Europa, el CIOOR
declinó llevar a los tribunales a un
empleado musulmán que había dibujado
una serie de caricaturas
antisemitas, basándose en que
hacerlo “sería echar leña al fuego”.
Quizá, y predeciblemente, los judíos
europeos han jugado con frecuencia
el papel de “alertadores” en las
tribulaciones de la integración
islámica. Hace dos años, un disk
jockey parisino fue brutalmente
asesinado mientras el asesino
gritaba: “He matado a mi judío. Iré
al cielo”. Esa misma noche otro
musulmán asesinó a una mujer
mientras su hija miraba horrorizada.
Pero en ese momento, como escribió
el columnista Mark Steyn, “ningún
periódico de peso contaba lo
ocurrido”. En febrero pasado la
prensa francesa daba cuenta del
horrible asesinato de un hombre
judío de veintitrés años, Ilan
Halimi, luego de ser torturado
durante tres semanas por una banda
islámica. Cada vez que los
secuestradores llamaban a su familia
para pedir rescate, oían los gritos
que le arrancaba la tortura a la que
era sometido y, según cuenta Steyn,
“los torturados leían en voz alta
versos del Corán”. Steyn cita a uno
de los detectives de la policía
quien, para minimizar el horror en
la yihad, decía que todo era
bastante sencillo: “Los judíos
equivalen a dinero”.
Este cuadro de sedición y pacifismo
llegó finalmente a la atención del
mundo a principios de año con la
yihad de las caricaturas danesas.
Las caricaturas mismas, donde
aparecía Mahoma, no causaron mayor
impresión en Dinamarca o en ningún
otro sitio cuando fueron
originalmente publicadas en
Jyllands-Posten el diario de
Copenhague. Pero después de que
imanes islamistas daneses empezaron
a agitar el tema en Oriente Medio
(ayudados por otras tres caricaturas
mucho más insultantes y hechas por
ellos mismos),
se disparó un furor internacional,
con decenas de personas muertas por
los musulmanes en amotinamientos en
Europa, África y Asia. Como lo
expuso Henrik Bering en el Weekly
Standard, “los daneses se
convirtieron repentinamente en las
personas más odiadas de la tierra,
con ataques a sus embajadas, quema
de banderas, y sus conciencias
señaladas gracias a las lecciones
sobre tolerancia religiosa que
recibían de Irán, Arabia Saudita y
otros focos de ilustración”.
4. Se intensifica el pacifismo, como
respuesta al miedo.
La respuesta de Europa fue, en gran
medida, intensificar el pacifismo.
Roberto Calderoli, el “ministro de
reformas” italiano, fue obligado a
dimitir por haber llevado una
camiseta en la que aparecía una de
las caricaturas ofensivas –un “acto
irreflexivo” que, el primer ministro
Silvio Berlusconi dedujo, era la
causa del amotinamiento a las
puertas del consulado italiano en
Benghazi, donde murieron once
personas. Los periódicos que
reprodujeron las caricaturas fueron
objeto de grandes presiones
políticas; algunos periodistas
fueron llevados ante los tribunales;
algunas páginas web fueron
clausuradas por la fuerza. La cadena
paneuropea de supermercados
Carrefour, haciéndose eco de las
presiones islamistas de boicot a los
productos daneses, puso carteles en
sus locales en árabe y en inglés
expresando su “solidaridad con la
Comunidad Islámica” y haciendo
notar, con poca elegancia aunque de
manera elocuente, que “Carrefour no
vende productos daneses”. El
gobierno noruego obligó al editor de
una publicación cristiana a pedir
perdón públicamente por imprimir las
caricaturas danesas; en su rueda de
prensa, el solitario editor estaba
rodeado por ministros del gobierno e
imanes. Javier Solana, el ministro
de Asuntos Exteriores de la UE, fue,
suplicante, de nación en nación
árabe, explicando que los europeos
compartían la “ansiedad” de los
musulmanes “ofendidos” por las
caricaturas danesas. Para no ser
menos,
Franco Frattini, el ministro de
Justicia de la UE, anunció que la
organización establecería un “código
para la prensa y la televisión”
encareciendo la “prudencia”:
un sinónimo de “rendirse”,
independientemente de la visión
acerca de los méritos artísticos de
las caricaturas más famosas del
mundo o la sensibilidad
cultural.
Con toda la ceguera con que en los
años treinta se intentó apaciguar la
agresión totalitaria, al menos se
pensaba que estaban protegiendo su
forma de vida. Bruce Bawer
(siguiendo al investigador Bat
Ye’or) sugiere que el pacifismo
europeo del siglo XXI hacia el Islam
equivale a un intento de reducir el
avance de la creciente ola
islamista, cediendo aspectos
centrales de su soberanía y
convirtiendo a las poblaciones
nativas de Europa en ciudadanos de
segunda o tercera clase en sus
propios países.
Bawer atribuye la mentalidad
pacifista de Europa y sus
consecuencias, a una corrección
política multiculturalista que ha
sobrepasado sus límites; y, sin
duda, hay algo de eso. Curiosamente,
y de manera no exenta de ironía, el
multiculturalismo europeo, basado en
teorías postmodernas de la presunta
irracionalidad del conocimiento (y,
por tanto, de la relatividad de toda
verdad), se ha tornado en
completamente irreal por no decir
contradictorio.
Tomemos, por ejemplo, el caso de
Iqbal Sacranie, el secretario
general del Consejo Musulmán de Gran
Bretaña a quien el primer ministro
Tony Blair nombró como uno de sus
asesores en temas musulmanes y para
quien consiguió el reconocimiento de
Caballero. A Sir Iqbal no tardó en
ir a la BBC a anunciar que la
homosexualidad “daña la base, el
mismo fundamento de la sociedad”;
tras las protestas de un lobby
homosexual británico, fue
investigado por la “unidad de
seguridad de la comunidad” de
Scotland Yard, cuya misión incluye
“crímenes de odio y homofobia”. En
ese momento un lobby musulmán exigió
que Blair eliminase el “Día en
Recuerdo del Holocausto” que había
creado unos años antes. Sir Iqbal
apoyó la petición, informando al
Daily Telegraph que “los musulmanes
se sienten dolidos y excluidos
porque sus vidas no son consideradas
tan valiosas como las que se
perdieron en el Holocausto”.
De todas maneras, echarle la culpa
de la parálisis europea a la
corrección política multicultural es
quedarse en la superficie.
La guerra Cultural A
–el intento de imponer
multiculturalismo y un “estilo de
vida” libertina en Europa limitando
el derecho a la libre expresión,
definiendo las convicciones
religiosas y morales como fanatismo
y usando el poder del Estado para
obligar al “inclusivismo” y la
“sensibilidad”– es una guerra sobre
el significado real de la tolerancia
misma.
Lo que Bruce Bawer deplora como
corrección política fuera de control
en Europa está anclada en una
enfermedad mayor: el rechazo a la
creencia de que los seres humanos
pueden conocer la verdad de las
cosas aunque sea de manera
inadecuada o incompleta, una
creencia que durante la mayor parte
de los dos milenios que nos
anteceden, ha sido la base de la
civilización europea salida de la
interacción de Atenas, Jerusalén y
Roma.
La alta cultura postmoderna Europea
repudia esta creencia.
Y en la medida en que sólo es capaz
de concebir “tu verdad” y “mi
verdad”, a la vez que rechazar
terminantemente la idea de “la
verdad”, únicamente puede concebir
la tolerancia como indiferencia a
las diferencias.
Indiferencia que, de ser necesaria,
será impuesta por la fuerza
coercitiva del Estado. La idea de
tolerancia como una manera de
encajar las diferencias dentro de
una unión y coherencia cívica (como
alguna vez explicó Richard John
Neuhaus) es considerada en sí misma
intolerante.
Quienes quieran defender la
verdadera tolerancia del debate
público dirigido abiertamente hacia
la verdad (que incluye convicciones
religiosas y morales) corren el
riesgo de ser rechazados, y en
muchos casos considerados
fanáticos desde la perspectiva
de la opinión pública.
(esto es una verdadera locura social)
Pero el problema es aún más
profundo. Cuanto más alto proclaman
los posmodernistas europeos
su devoción a la relatividad
de todas las verdades, en la
práctica se traduce en algo muy
distinto:
concretamente en la demolición de
las verdades tradicionales de
Occidente quitándoles todo valor,
combinadas con una deferencia
estudiada a las no/anti
-occidentales.
En la
mentalidad relativista resulta que
no todas las religiones y
convicciones morales son fanatismos
a ser suprimidos;
sólo la judeo-cristiana es la que ha
de ser suprimida.
En resumidas cuentas, el relativismo
moral de Europa es, con frecuencia,
un escaparate para enmascarar un
“auto-odio” occidental.
Otro tema relacionado es el del
escepticismo europeo que va de la
mano de lo que Allan Bloom llamó
“nihilismo bonachón”, un nihilismo
que,
en su indiferencia por todo, salvo
por su propio y soberano “yo”,
ha hecho su contribución a
la falta de deseo por parte del
continente de crear un futuro para
sucesivas generaciones.
Bruce Bawer dejó América por Europa
por lo que él percibió como
influencia torva de la derecha
religiosa en la política
norteamericana, y porque
Europa era muchísimo mas “abierta”
que los Estados Unidos a los
matrimonios homosexuales.
No parece comprender que lo que a él
le atrajo de Europa –la supuesta
apertura moral– es precisamente lo
que la ha tornado tan vulnerable
al radicalismo islámico 6.
Bawer entiende que Europa puede
mantener su desafío y defender sus
sociedades libres, rechazando la
correcta política multicultural,
manteniendo la expresión política de
escepticismo y relativismo: la
libertad expresada y apoyada por la
ley como una individual y personal
autonomía. Pero ha sido la autonomía
individual radical la que ha hecho
que Europa esté en caída libre
demográfica;
es la autonomía individual radical
la que ha hecho que Europa denigre
sus propios logros a nivel de
civilización;
y es la autonomía individual radical
la que apoya la corrección política
y sus efectos corrosivos en la
capacidad de Europa para defenderse
a sí misma contra la agresión
islámica interna.
5. Ratzinger y Marcello Pera: una
corriente de aire fresco para Europa
La regeneración necesaria:
Un análisis distinto y mucho más
persuasivo de las guerras culturales
de Europa es el fruto del diálogo
fascinante que tuvo lugar en el
2004. Los contertulios de esa
conversación podrían parecer un dúo
poco probable: Marcello Pera, un
académico agnóstico italiano,
dedicado en la actualidad a la
política (y presidente del Senado
italiano) y el cardenal Joseph
Ratzinger, entonces prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la
Fe, la principal institución
teológica de la Iglesia católica.
Pera había dado una conferencia
sobre “Relativismo, cristianismo y
Occidente” en la Pontificia
Universidad Lateranense de Roma;
Ratzinger, al día siguiente,
pronunció una conferencia en el
Senado italiano sobre “Las raíces
espirituales de Europa”. En virtud
de la sorprendente convergencia de
análisis que había caracterizado a
las exposiciones, ambos acordaron
escribirse. Las dos conferencias y
las cartas se publicaron en un
pequeño libro a principios de 2005
en Italia, que fue muy comentado, y
cuyo interés sólo se intensificó
cuando Joseph Ratzinger se convirtió
en el papa Benedicto XVI. El libro
de Ratzinger y Pera se ha publicado
ahora en España bajo el título
Sin Raíces: Europa, Relativismo,
Cristianismo, Islam 7.
Mucho antes de ser proclamado Papa,
Joseph Ratzinger, un intelectual
universalmente respetado que había
sucedido al fallecido Andrei
Sakharov en su sillón de la
prestigiosa Academia de Ciencias
Morales y Políticas Francesa,
había advertido a sus compatriotas
europeos que su devaneo en la marea
del postmodernismo iba a causar
problemas serios a sus sociedades y
su política.
Estos problemas –argumenta– son al
mismo tiempo intelectuales,
espirituales y morales.
El
“derrumbamiento de las certezas
originales del hombre sobre Dios,
sobre sí mismo y el universo”
ha conducido
“al declive de una conciencia moral
basada en valores absolutos” y al
“verdadero peligro”
de la
“autodestrucción de la conciencia
europea”.
“¿Por qué Europa –se pregunta
Ratzinger– ha perdido toda capacidad
para quererse a sí misma?”. “¿Cuál
es la razón por la que Europa sólo
puede ver en su propia historia lo
más despreciable y destructivo…
y no es ya capaz de percibir lo que
es grande y puro?”.
Los secularistas europeos ya han
oído antes críticas como la de
Ratzinger y las ignoran
considerándolas opiniones propias de
cristianos comprometidos. La
agradable sorpresa de Sin Raíces
es la respuesta de Marcello Pera:
precisamente, una crítica paralela
de una persona que se define como no
creyente y filósofo de la ciencia.
“Infectado por una epidemia de
relativismo”,
Pera escribe que los europeos creen
que
“aceptar y defender su cultura sería
un acto de hegemonía, de
intolerancia, una actitud
antidemocrática, anti-liberal y de
falta de respeto”.
Pero precisamente esta “toxina” los
ha llevado “a una cárcel” de
corrección política, a una “jaula”
en la que
“Europa se ha encarcelado a sí
misma… por miedo a decir cosas que
para nada son incorrectas sino
verdades comunes, evitando
enfrentarse a sus propias
responsabilidades”.
Marcello Pera también es claro
a la hora de hablar sobre la falta
de interés de Europa por defenderse
ante el Islam radical.
Se pregunta:
“¿Los europeos entienden que su
propia existencia está en juego, que
su civilización ha sido elegida como
objetivo de destrucción y que su
cultura está siendo atacada?
¿Entienden que lo que están llamados
a defender es su propia identidad?
¿A través de su cultura, educación,
negociaciones diplomáticas,
relaciones políticas, intercambios
económicos, diálogo, desde la
tribuna y también, si fuese
necesario, a través de la fuerza?”.
En Sin Raíces, Ratzinger,
adoptando una idea de Toynbee,
propone que cualquier renovación de
la moral civilizadora europea, sólo
puede ser llevada a cabo por
“minorías creativas” que harán
frente al secularismo, como la
ideología de facto europea,
de manera que suponga un reencuentro
con la herencia religiosa y moral
judeo-cristiana europea. Marcello
Pera sugiere que el
“trabajo de renovación que es
necesario hacer… sea hecho por
cristianos y secularistas juntos”.
Ese trabajo, escribe, significará el
desarrollo de una
“religión civil
que puede imbuir sus valores a
través de la larga cadena que va del
individuo a la familia, grupos,
asociaciones, la comunidad y la
sociedad civil,
sin pasar
por los partidos políticos,
programas de gobierno, y la fuerza
de los Estados
y por tanto sin romper la
separación, en la esfera temporal,
de la Iglesia y el Estado” (el
énfasis aparece en el documento
original).
La propuesta de Pera para esta
“religión civil” queda un tanto
vaga, pero en febrero sus trazos
quedaron algo más claros cuando
lanzó un movimiento nuevo llamado
“Para Occidente, la Cuna de la
Civilización”. El manifiesto del
movimiento empieza describiendo con
cierta rapidez las dos guerras
culturales de Europa, pasa a afirmar
que la civilización occidental es
“una fuente de principios
universales e inalienables”,
y compromete a sus firmantes (que
incluye una gama de políticos e
intelectuales de centro-derecha) a
un amplio programa de renovación:
“quitar al terrorismo toda
justificación y apoyo”;
integrar inmigrantes
“bajo la denominación de valores
compartidos”;
apoyar
“el derecho a la vida desde la
concepción hasta el momento de la
muerte natural”;
desmontar la burocracia innecesaria;
“afirmar el valor de la familia
como una sociedad natural basada en
el matrimonio”; fomentar en todo el
mundo “la libertad y la democracia
como valores universales”; mantener
la separación institucional entre la
Iglesia y el Estado “sin caer en la
tentación secular de relegar la
dimensión religiosa únicamente a la
esfera individual”; promover un
pluralismo sano en la educación. El
manifiesto concluye con un llamado a
la lucha y una advertencia: “Las
personas que olvidan sus raíces no
pueden ser libres ni respetadas”.
Queda por ver si iniciativas
similares a las de Marcello Pera, o
análisis similares, han avanzado en
paralelo con el papa Benedicto, y
pueden empezar a ser aceptadas por
parte de la alta cultura en Europa.
Algunos argumentarán que es
demasiado tarde, que el punto de
equilibrio demográfico ya ha llegado
y que, como apuntó Mark Steyn con
“la población que viene ya en su
lugar, el Islam, la única pregunta
que cabe es cuán sangrienta será la
transferencia de los activos
inmobiliarios”. Pero si las dos
guerras culturales de Europa no
tuvieran éxito
en la aparición de “Eurabia”
(en palabras de Bat Ye’or), algo que
se parezca
a la iniciativa de Pera tendrá que
indicar el camino, y pronto.
El camino alternativo al futuro de
Europa se definió, de manera gráfica
y a la vista de todos, en agosto de
2005 a la muerte de Robin Cook,
quien fuera ministro de Asuntos
Exteriores británico (y crítico de
la guerra de Irak). El funeral, que
tuvo lugar en el histórico St. Giles
de Edimburgo, fue presidido por el
obispo Richard Holloway, entonces
primado de la Iglesia Episcopaliana
de Escocia, y quien unos años antes
había escrito un libro que intentaba
reconciliar a sus lectores con lo
que él denominaba la “masiva
indiferencia del universo”. Tras el
funeral, Holloway lo describió de
esta manera: “Aquí estoy yo, un
anglicano agnóstico, oficiando un
funeral en una iglesia
presbiteriana, para un político ateo
muerto. Y pienso que esto es
realmente maravilloso”.
El nihilismo arraigado en el
escepticismo –propagándose en la
mala fe del relativismo moral–, y el
auto-odio occidental, conformándose
con un humanitarismo vacío: no sólo
no es maravilloso, sino que además
ha contribuido a matar a Europa
desde un punto de vista demográfico,
y a paralizarla ante una ideología
agresiva que apunta a la
erradicación del humanismo
occidental en nombre de un
entendimiento mortalmente
distorsionado de lo que Dios quiere.
Aquellos que quieren a Europa, por
lo que significó y aún puede
significar para el mundo, ya
pueden esperar que Marcello Pera y
sus aliados, y “no
el obispo Holloway
y sus compañeros buenistas y
nihilistas”, sean quienes
prevalezcan en la lucha por resolver
las dos guerras de Europa.
Notas:
1.
Esta ridícula reglamentación se
retiró tras una protesta popular,
pero la idea y el esfuerzo del
gobierno es reveladora.
2.
Ver mi artículo, “La catedral y el
cubo: Reflexiones sobre la moral
europea”,Commentary, junio
2004 y, resultado de éste, mi libro
“Política sin Dios. Europa y
América, el cubo y la catedral,
recientemente publicado
por Ediciones Cristiandad.
3.
Se produjo una disputa legal cuando
una madre incubadora encontró,
estando en período de gestación, un
mejor comprador en Holanda y le
vendió al niño. La batalla legal la
ganó la pareja holandesa.
4.
While Europe Slept.
Doubleday.
5.
Londonistan. Encounter.
6.
En otro libro nuevo, Menace in
Europe (Crown Forum), Claire
Berlinski cita acertadamente a la
pensadora francesa Chantal Delsol
sobre los orígenes filosóficos de la
mentalidad pacifista actual en
Europa: “Nuestros contemporáneos no
se imaginan por qué causa podrían
sacrificar sus vidas porque no saben
lo que sus vidas significan”.
7.
Sin Raíces: Europa, Relativismo,
Cristianismo, Islam.
Ediciones Península. He escrito la
introducción a este libro en la
edición americana.
Este artículo apareció originalmente
en Commentary (Nueva York),
mayo de 2006, y se publica en
Criterio con permiso de los
editores.
Traducción:
Carlos Paternina. |