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CON DIOS A PURO HUEVO
(Porque lo he jurado, y jurar es
fuego)

En la prensa
vibra la Legión, con su Cristo en vilo, atravesando
muros de agua. Es en Málaga. Ni la tormenta, ni el
universo todo, no pueden con un Cristo legionario, con
un Cristo que capitanea hombres cuyo código tiene una
verdad absoluta: La muerte llega sin dolor. Y si duele,
te aguantas.
Para dolor, el de Cristo. En la
cruz donde sigue después de dos mil años. Crucificado
aguarda todos los días y todos los minutos. Larga e
impasible guardia, como sin dar importancia al leño en
que lo clavaron. Ensangrentado. Y abajo, en aquel
Calvario, los legionarios que tiraban los dados sobre su
ropa; que le dieron la esponja de agua y vinagre desde
la lanza.
Y la tormenta. Eran las tres de la
tarde. Expiró Cristo, sacudiéndose el mundo de aquel
pecho valiente. Expiró Cristo y se rasgó el enorme velo:
el del Templo, sí, y el de los ojos. La lluvia desatada,
la temporal tiniebla de la muerte que lloraba la
naturaleza sin el pie del Hijo de Dios sobre la tierra.
Juntos, bajo la tempestad
universal, Cristo y los legionarios. Desde entonces
juntos. Aquel soldado, curtido en guerras, que es
traspasado por la luz de la verdad, deja la ceguera
fácil y grita, dominando la tormenta: “Este es el Hijo
de Dios”. Los demás, quietos en la oscuridad pero viendo
la lumbre de la vida, el fuego que entusiasma.
¿Estuvo allí el Centurión
legionario? El primer gentil que creyó hasta sus
límites, un capitán legionario que rogaba por uno de sus
hombres: No soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará. Palabras que vuelan, que cruzan
los muros y las tormentas. Cornetines. Órdenes.
Dos mil años después nuevos
legionarios cruzan la tormenta con su Dios en vilo, a
pulso. Dios ha de doler cuando te esfuerzas. Como se
debe; como la lealtad manda. Señor, no soy digno, pero
aquí estoy. Para lo que sea. A puro huevo, Señor.
Porque lo he jurado, y jurar es fuego. Porque lo
quiero. Porque cuando se cree te sientes más allá de la
vida. Porque canto a la muerte amada y tú moriste por
mí, lo que te convierte en compañero y hermano; en
muerto mío. Y un legionario no abandona a sus muertos.
Los recuerda con orgullo, Señor de los Tercios. Porque
tienes, Señor, una tercera vida que resplandece el
Jueves Santo en Málaga y en todos los sábados de patio,
de armas y de agudo toque de oración, metal dorado que
se clava.
La Legión avanza con su Dios
enorme. No importan ya teologías sutiles. Es Dios y lo
llevo en alto. Soy testigo de él y él de mí, caballero
legionario con caballero legionario. En alto, Señor, en
alto, que el cielo será de quien lo gane, de quien salte
la trinchera sin temor. También el cielo a puro huevo.
Como esta mandado. ¿Qué temer alzándote y cantándote los
amores rotos? ¿No soy un hombre a quien la muerte hirió
con zarpa de fiera? ¿No lo somos todos? De eso se trata:
creo en el corazón gigante del hombre, que siempre
quema. Creo en lo que debo. Lo grande con lo grande,
Cristo universal de la Buena Muerte, porque creer, a
veces, parece una furia, un martirio, un balazo. Parece
que la vida se te escapa del pecho, pero no te importa:
Un Dios es para siempre.
Arturo ROBSY
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