Día a Día

Cada día es un don especial de Dios, y si bien es posible que la vida no siempre sea justa, uno no debe dejar nunca que las penas, las dificultades y las desventajas del momento envenenen la actitud y los planes que uno tiene para sí mismo y su futuro.  Mandino

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Actualidad Política
 

HIMNO
Novio de la muerte


Nadie en el Tercio sabía
quien era aquel legionario
tan audaz y temerario
que a la Legión se alistó.

Nadie sabía su historia,
más la Legión suponía
que un gran dolor le mordía
como un lobo, el corazón.

Más si alguno quien era le preguntaba
con dolor y rudeza le contestaba:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.

Cuando más rudo era el fuego
y la pelea más fiera
defendiendo su Bandera
el legionario avanzó.

Y sin temer al empuje
del enemigo exaltado,
supo morir como un bravo
y la enseña rescató.

Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
murmuró el legionario con voz doliente:

Soy un hombre a quien la suerte
hirió con zarpa de fiera;
soy un novio de la muerte
que va a unirse en lazo fuerte
con tal leal compañera.

Cuando, al fin le recogieron,
entre su pecho encontraron
una carta y un retrato
de una divina mujer.

Y aquella carta decía:
"...si algún día Dios te llama
para mi un puesto reclama
que buscarte pronto iré".

Y en el último beso que le enviaba
su postrer despedida le consagraba.

Por ir a tu lado a verte
mi más leal compañera,
me hice novio de la muerte,
la estreché con lazo fuerte
y su amor fue mi ¡Bandera!
 

CON DIOS A PURO HUEVO
(Porque lo he jurado, y jurar es fuego)
 

 

En la prensa vibra la Legión, con su Cristo en vilo, atravesando muros de agua. Es en Málaga. Ni la tormenta, ni el universo todo, no pueden con un Cristo legionario, con un Cristo que capitanea hombres cuyo código tiene una verdad absoluta: La muerte llega sin dolor. Y si duele, te aguantas. 

Para dolor, el de Cristo. En la cruz donde sigue después de dos mil años. Crucificado aguarda todos los días y todos los minutos. Larga e impasible guardia, como sin dar importancia al leño en que lo clavaron. Ensangrentado. Y abajo, en aquel Calvario, los legionarios que tiraban los dados sobre su ropa; que le dieron la esponja de agua y vinagre desde la lanza. 

Y la tormenta. Eran las tres de la tarde. Expiró Cristo, sacudiéndose el mundo de aquel pecho valiente. Expiró Cristo y se rasgó el enorme velo: el del Templo, sí, y el de los ojos. La lluvia desatada, la temporal tiniebla de la muerte que lloraba la naturaleza sin el pie del Hijo de Dios sobre la tierra. 

Juntos, bajo la tempestad universal, Cristo y los legionarios. Desde entonces juntos. Aquel soldado, curtido en guerras, que es traspasado por la luz de la verdad, deja la ceguera fácil y grita, dominando la tormenta: “Este es el Hijo de Dios”. Los demás, quietos en la oscuridad pero viendo la lumbre de la vida, el fuego que entusiasma. 

¿Estuvo allí el Centurión legionario? El primer gentil que creyó hasta sus límites, un capitán legionario que rogaba por uno de sus hombres: No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará. Palabras que vuelan, que cruzan los muros y las tormentas. Cornetines. Órdenes. 

Dos mil años después nuevos legionarios cruzan la tormenta con su Dios en vilo, a pulso. Dios ha de doler cuando te esfuerzas. Como se debe; como la lealtad manda. Señor, no soy digno, pero aquí estoy. Para lo que sea. A puro huevo, Señor. Porque lo he jurado, y jurar es fuego. Porque lo quiero. Porque cuando se cree te sientes más allá de la vida. Porque canto a la muerte amada y tú moriste por mí, lo que te convierte en compañero y hermano; en muerto mío. Y un legionario no abandona a sus muertos. Los recuerda con orgullo, Señor de los Tercios. Porque tienes, Señor, una tercera vida que resplandece el Jueves Santo en Málaga y en todos los sábados de patio, de armas y de agudo toque de oración, metal dorado que se clava. 

La Legión avanza con su Dios enorme. No importan ya teologías sutiles. Es Dios y lo llevo en alto. Soy testigo de él y él de mí, caballero legionario con caballero legionario. En alto, Señor, en alto, que el cielo será de quien lo gane, de quien salte la trinchera sin temor. También el cielo a puro huevo. Como esta mandado. ¿Qué temer alzándote y cantándote los amores rotos? ¿No soy un hombre a quien la muerte hirió con zarpa de fiera? ¿No lo somos todos? De eso se trata: creo en el corazón gigante del hombre, que siempre quema. Creo en lo que debo. Lo grande con lo grande, Cristo universal de la Buena Muerte, porque creer, a veces, parece una furia, un martirio, un balazo. Parece que la vida se te escapa del pecho, pero no te importa: Un Dios es para siempre.

 Arturo ROBSY